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La soberbia interpretación
que, el viernes, en el Teatro Nacional, el director
titular, Chosei Komatsu, y la Orquesta Sinfónica
Nacional (OSN) modelaron de la Sinfonía n° 2 en
mi menor opus 27, del ruso Serguei Rajmáninov
(1873-1943), me pareció la más consumada y lucida de
cuantas le he escuchado al conjunto bajo el maestro,
comparable solo con la lectura estupenda que, a
fines del 2002, forjaron de la Consagración de
la primavera, de Igor Stravinsky, y que
posteriormente le valió al japonés el nombramiento
como titular.
Estrenada en Moscú, en febrero de 1908, con el
compositor en el podio, la obra es una de las
cumbres del repertorio posromántico, tanto por su
abundante riqueza melódica, como por la orquestación
opulenta y la organicidad de su estructura, de donde
emerge la música en forma espontánea e inevitable.
La ejecución de Komatsu
y la OSN de la Segunda de Rajmáninov, al
final del séptimo concierto de abono, se distinguió
por la sonoridad amplia, lustrosa y exuberante, el
escrupuloso equilibrio y cohesión entre las
secciones, el ímpetu y precisión rítmicos, y la
coherencia y fluidez del fraseo.
Como era de esperar,
cuando la obra concluyó el teatro lleno estalló en
una ovación estruendosa. El director fue llamado a
salir varias veces al escenario y en dos ocasiones
destacó a los principales de clarinete y corno
inglés, Marvin Araya y José Manuel Rojas,
respectivamente.

Antes del intermedio,
con el acompañamiento diligente del titular y la
orquesta, el violinista italiano Alessio Benvenuti
moldeó una lectura elegante y delicada del
Concierto en la mayor para violín y orquesta KV
219, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), quinto
y último de los conciertos para el instrumento del
genio de Salzburgo, escrito en 1775.
Benvenuti mostró
agilidad digital y en el empleo del arco, produjo
tonos pulidos. Fuera de programa, respondió a los
aplausos con la 'Giga' de la Partita n° 2 para
violín solo, de Bach.
Oí menos afortunado el
desempeño de Chosei Komatsu y la OSN en la selección
inicial, el poema sinfónico Finlandia, de
Jean Sibelius (1865-1957), patriótico homenaje del
compositor a su tierra natal, compuesto en 1898, y
que exhibe cierta grandilocuencia nacionalista.
La versión de la pieza
me sonó precipitada, el arranque confuso y
desarticulado el discurso musical y, en todo caso,
de una fuerza telúrica menor que la del temblor que
meneó el teatro en medio de la ejecución. |